
B.Echeverría
Conocí a Rodrigo Simón en una calurosísima tarde de verano vallisoletana. Había tenido a bien dejarme su librería, «La perecquiana», como localización para la entrevista al escritor Fernando del Val para el documental que estaba realizando, «Diego Vasallo, la posteridad para más tarde». Minutos antes de la llegada del escritor pude disfrutar del encanto de su librería. Libros de viejo se mezclan con las últimas novedades; una cámara analógica reposa sobre la balda de un mueble de segunda mano; y lámparas estilo quinqué comparten espacio con sillones vintage. En definitiva, el sueño de cualquier lector y persona que disfruta de la belleza del espacio que su dueño ha creado.
Para comenzar, me gustaría indagar un poco en los orígenes de esa afición tuya por la lectura y por la música, ¿de dónde crees que vienen?, ¿cuándo crees que comenzaron a gestarse?
La verdad que mi interés por ambas se fue tejiendo de forma bastante natural. Van muy de la mano. Por un lado, teníamos en casa una biblioteca bastante amplia, sobre todo de clásicos, tanto de narrativa como de poesía. Y luego, también, una pequeña colección de cd’s y vinilos. Por parte de mi padre de música clásica y contemporánea y de mi hermano mayor de The Smiths, Talking Heads, The Cure, Los Elegantes, The Alan Parsons Project, Anne Clark… La conexión entre ambas, como digo, se dio de una forma completamente natural. Siempre que leía o escribía -igual que ahora- lo hacía con música. Y, supongo, que en esta relación también tuvo mucho que ver el hecho de que mi primera gran pasión lectora fuera la poesía. Los ritmos, las rupturas, las cadencias… Siempre he leído dándole mucha importancia a la musicalidad de los textos.
Los detalles musicales están muy presentes en tu librería, ¿qué conexión crees que se puede establecer entre libros, escritura y música?
Creo que hay una conexión muy clara entre ambas, más allá de la relación entre poesía y letra -la más evidente- y los usos comunes de recursos poéticos, figuras literarias, ritmo, etc. Son dos artes que, por supuesto, buscan siempre contar una historia desde sus respectivos lenguajes. Una historia propiamente dicha, más cercana a la narración. O, simplemente, una sensación, un sentimiento, que, por supuesto, también son otro tipo de relato. Pienso por ejemplo en letristas tan grandes como cualquier poeta del Canon, que es otra cosa que no me canso de defender, como Bob Dylan, Leonard Cohen, Joni Mitchell, Tom Waits, Lou Reed, Morrisey, Laurie Anderson, Krahe, Berrio, Nick Drake, Silvio Rodríguez, Nick Cave, J de Los Planetas, PJ Harvey, etc. O en las texturas, mundos, rupturas que cuentan y crean Brian Eno, William Basinski, Aphex Twin, Tim Hecker, Tortoise, Godspeed You Black Emperor!, Coltrane, Miles Davis, Neu!, Cluster… Y, por supuesto, en escritores en cuya obra, narrativa o poética, la música influye o cuyo estilo influye en la música: Joyce, César Vallejo, Cortázar, Carpentier, Gertrude Stein, Lezama Lima, Kerouac, Derek Walcott, T.S. Eliot, Virginia Woolf, Bernhard, Beckett, Boris Vian o Toni Morrison.
¿Qué libros recomendaría que aúnen estas dos facetas tanto la lectora como la musical?
Adoro hacer listas pero tiendo a hacerlas muy largas. Trataré de contenerme. Los que primeros me han venido a la cabeza y que considero fundamentales. Todos son libros donde hay una relación directa o indirecta entre música y literatura. Algunos son ya clásicos, otros no tanto. Algunos se van hacia el ensayo y otros hacia la narrativa:
– Auambabuluba Balambambú. La edad de oro del rock and roll de Nik Cohn.
– Mil violines de Kiko Amat.
– Crónicas de Bob Dylan.
– El perseguidor, relato de Las armas secretas de Julio Cortázar
– Nuestro grupo podría ser tu vida de Michael Azerrad.
– Rastros de Carmín de Greil Marcus.
– Memphis Underground de Stewart Home.
– Esto no es música de José Luis Pardo.
– Por Favor, Mátame. La Historia Oral del Punk de Legs McNeil y Gillian McCain.
– Mester de batería. La tríada en el texto de Ce Santiago.
– Éste es el mar de Mariana Enríquez.
– El día del Watusi de Francisco Casavella.
– Yeah! Yeah! Yeah! de Bob Stanley.
– La calle Great Jones de Don Delillo.
– Que viva la música de Andrés Caicedo.
Vivimos en una sociedad totalmente digitalizada, pero cuando entramos a tu librería sentimos que retrocedemos alguna década, vemos cámara analógica, máquinas de escribir y vinilos. ¿qué relación tienes con este formato de escucha musical?
El pasado está muy presente en mi forma de ver la literatura, la música, el cine, la estética, la fotografía… No tanto por considerarlo mejor que el presente, sino más bien como una forma de hacer genealogía de mis pasiones y aficiones y materia de memoria, recuerdo y reconocimiento. El tema de rastrear influencias es algo que siempre me ha interesado muchísimo. Una parte de mis actos de lectura y de escucha o visionado es relacionar y unir autores, grupos, textos, temas, obsesiones. Todo lo que tiene que ver con lo común entre artistas, disciplinas, pensadores, etc. La idea de influencia.
Por supuesto, mi querencia por lo analógico también tiene una parte de romanticismo: el pasado como algo atrayente y estético. Pero sí que siento que hay algo -colores, tonos, texturas, sonidos- que por mucho que se intente replicar hoy en día no es enteramente alcanzable. Y sé que es una sensación totalmente subjetiva. Pero es mi sensación.
Y, más allá de todo esto, con los vinilos me ocurren varias cosas, igual que con los libros. Por un lado, son como muescas vitales. Recuerdo con bastante nitidez cuándo, dónde y cómo los compré; quién me los regaló, cuándo los leí o escuché por primera vez, con quién estaba, etc. Son cómo una especie de álbum de recuerdos. Forman parte de mi memorabilia -una de mis palabras favoritas- y también de mi mapa de pertenencia. Y, por otro lado, y en relación estrecha con lo anterior, la propia experiencia, casi ceremonia o ritual, de escuchar un vinilo: estar en casa, relajado, mirar tu colección, elegir el vinilo, limpiarlo, mover y bajar el brazo, cambiar de cara, etc.
Viendo la actividad que hay en tu librería, se ve que la consideras como un espacio vivo, además de presentaciones de libros, clubs de lectura, también hay actuaciones musicales, ¿cómo surge esta idea?
Desde antes de abrir la librería la idea de hacer conciertos en el espacio era algo que había pensado y que estaba dentro del proyecto a medio o largo plazo. Pero fue hace aproximadamente un año cuando me lo propusieron un par de colegas, Javier Sasso y Ricardo Suárez que, aparte de músicos y artistas visuales, tienen un colectivo, Pequeños fuegos, con el que llevan tiempo trayendo proyectos musicales independientes, de calidad, en formato acústico a distintos espacios de Valladolid -librerías, galerías, tiendas…-. Gracias a Pequeños Fuegos hemos podido disfrutar en La Perecquiana de músicos increíbles como Víctor Herreros o Joseba Irazoki.
Tiempo después, Javier y yo terminamos montando el colectivo SesionesUnHombreQueDuerme para todos los conciertos que se desarrollan en La Perecquiana. Hemos podido traer a artistas y grupos como Telomante, Stef Kett, Trilitrate, Fajardo, Sweet Williams o Matthieu Ehrlacher. Y en 2026 continuaremos con la programación.
¿Qué selección de discos que harías si tuvieses que pinchar una tarde en la Perecquiana?
Dependería del momento, del día. En la librería suena desde Soul -en todas sus variantes- a Garage, pasando por folk, pop, jazz, psicodelia, salsa, electrónica… Pero, por ejemplo, un día normal en la librería podrían sonar:
– Bug on Yonkers de Damaged Bug.
– Demon Fuzz de Demon Fuzz.
– Dusty in Memphis de Dusty Springfield.
– Pepas de Fumaça Preta.
– Las golondrinas etcétera de Josele Santiago.
– Benji de Sun Kil Moon.
– Alien Lanes de Guided By Voices.
– Designer de Aldous Harding.
– 3 x 4: The Bangles, The Three O’Clock, The Dream Syndicate, Rain Parade.
– Power Fuerza de Guetto Brothers.
– Scott 4 de Scott Walker.
– Curtis de Curtis Mayfield.
– Just Colour de The Lollipop Shoppe.
– Kordoba Bidea de Borla.
– I Am the Cosmos de Chris Bell.
– Better Late Than Never de The Red Pears.
Por último, estamos a punto de terminar 2025 y comenzaste tu andadura hace 2 años, ¿qué balance haces de esta aventura en la que has puesto todo empeño?
El balance es complejo. Para qué nos vamos a engañar. Hay días en los que maldigo el momento en el que decidí abrir la librería. Pero en el fondo no me arrepiento de este proyecto. Por las lecturas y conversaciones compartidas, por la gente maravillosa que he conocido, por el juego apasionante de buscar y encontrar joyas y de decidir qué libros vendo y qué libros se quedan en mi biblioteca personal; por haber tenido la oportunidad de organizar tantas charlas, presentaciones, clubes y conciertos increíbles. La Perecquiana era un sueño desde la adolescencia y lo sigue siendo, aunque haya momentos de pesadilla absoluta y aunque ser autónomo en este país, en esta ciudad es poco menos que suicida. De momento aguantamos, que no es poco. Siempre procurando ser lo más independientes posible y sin romper los principios que me marqué al abrir.

